aceptarseaunomismo

Sé que el título de este post no suena ligero y veraniego, posiblemente ni en el contexto de un Verano Zen. Pero es que la única manera de captar aunque sea un poco y con todas las dificultades que conlleva, el espíritu zen que estoy intentando transmitir, es pasando por la autoaceptación y por ende, la aceptación de los otros. Es de esos conceptos resbaladizos, que pueden hacerte caer fácilmente, cuando tratas de explicarlos,  en terrenos en que parece que defiendas el conformismo o el hecho de tragar con todo. Pero es la única vía, por lo que habrá que correr el riesgo de ser malinterpetado (o mal-explicado;)).

Una de las cosas que más nos duelen, es sentirnos rechazados. Es un tema que traté en el post de Un poquito de atención, de qué manera la exclusión del grupo nos hace sentirnos mal. Lo que entonces no traté y ahora quiero tocar, es que además del rechazo externo, existe un rechazo interno. Y ese es aún peor que el externo, porque lo llevamos incrustado en nosotros mismos y nos hace rechazar partes de nosotros mismos y de rebote, de los demás. Hay personas que proyectan ese sentimiento de rechazo interno hacia fuera para no sentirlo y sólo ven defectos en la gente que les rodea. Para poder avanzar en nuestro crecimiento personal,  lo primero que necesitamos es darnos cuenta de que eso nos ocurre, de que estamos constantemente juzgando lo que nos sucede, a los demás, a nosotros mismos y poder suspender ese juicio, detenerlo y reposar. Como dice el maestro zen Sosan: separar lo que nos gusta de lo que nos desagrada es la enfermedad de la mente.

Cuando una persona se sienta a meditar, en zazen, aparece tanto lo que le parece positivo como lo negativo. No hay modo de escapar cuando te mantienes sentado en el cojín. Cuando aceptas -y no es nada fácil- que todo forma parte de ti, cuando te das cuenta de que el dolor proviene de estar rechazando continuamente lo que no te gusta, nace un nuevo sentimiento de unidad, de que todo está bien como está. De alguna manera esto está íntimamente ligado al concepto de no apegarse, ni a lo bueno ni a lo malo. Porque tanto lo bueno como lo malo no dejan de ser valoraciones de nuestra mente y cosas que pasarán, tarde o temprano.

Me gustaría referiros un pequeño cuento zen al respecto:

Tanzan y Ekido caminaban juntos por un sendero lleno de barro. Llovía persistentemente. Al doblar un recodo se encontraron frente a una hermosa joven vestida con un kimono de seda, la cual no se atrevía a cruzar el camino por miedo a mancharse.

“Ven aquí muchacha”, dijo Tanzan; y tomándola en sus brazos, pasó limpiamente al otro lado a través del barro.

Eikido no dijo una palabra. Al caer la noche, los dos amigos encontraron alojamiento en un monasterio. Entonces Eikido no pudo contenerse más.” Se supone que nosotros los monjes debemos mantenernos alejado de la mujeres “, recriminó a Tanzan, “especialmente si son jóvenes y bonitas. No hacerlo así es peligroso. ¿Cómo pudiste llevar a aquella muchacha entre tus brazos?”

“Dejé a la chica en el camino”, replicó Tanzan ¿”Tú aún sigues llevándola?”

Brenda Shoshanna también nos hace una buena reflexión sobre el modo en que rechazamos a los demás: A veces amamos mucho a alguien, y cuando hace algo que no nos gusta, ese amor desaparece repentinamente, aumenta el desagrado y crece el recelo, y al cabo de bien poco esa persona se convierte en enemiga. Por ello, nuestra tarea en esta práctica consiste en desarrollar la verdadera naturaleza de la amistad, de la benevolencia, del aprecio incondicional.

Sé que no son conceptos sencillos de poner en práctica, ya he comentado en otras ocasiones que yo soy la primera que los olvido con facilidad. Pero como dije en el anterior post, creo que el mero hecho de tenerlos en consideración nos benefica, nos ayuda a relativizar las cosas, a abrir nuestro mapa mental a otras posibilidades.

Para practicar esta vez os propongo los siguientes ejercicios y soy consciente de que cada vez exigen un poco más de nosotros mismos, pero nadie dijo que fuera fácil pasar un verano zen. Son los siguientes:

1. Acepta a una persona con la que estés teniendo dificultades. No se trata de tragar en una historia con alguien que te esté creando muchos problemas, sino de aceptar a alguien de quién te molestan o incomodan algunas cosas. No hay que hacerlo con condescendencia, sino aceptar a ese otro de verdad. Observa qué sucede cuando sientes esa aceptación. Date cuenta de si esas cosas que tanto te molestaban, no tienen que ver con cosas de ti mismo que no toleras, con el modo en que te tratas a ti mismo.

2. Haz una pequeña lista de características que te parecen inaceptables en los demás. Por ejemplo: la intolerancia, la prepotencia, la envidia, el rencor, el orgullo, etc… Cuando tengas la lista, intenta ser consciente de si esas características también están, aunque sea de otro modo y en otro grado, en tí mismo. Es lo que a veces se llama la sombra. Empieza a hacer las paces con tu sombra y a aceptar, que todos tenemos imperfecciones y eso nos hace humanos. Es un aceptar en los demás y en nosotros mismos. Y aceptar no quiere decir que no puedas tratar de mejorar, tan solo que le das espacio y no juzgas ni te juzgas.

Lectura recomendada: Brenda Shoshanna, Sabiduría zen para la vida cotidiana: Como hallar la serenidad en un mundo vertiginoso

¿Cuánto te  aceptas a tí mismo? ¿También aceptas lo que no te gusta de tí?

Si no sabes cómo hacerlo, anímate a probar unas sesiones de Mindfulness conmigo.

Si quieres escuchar el post en formato podcast aquí lo tienes:

Mertxe Pasamontes