La mayoría de nosotros, por fortuna, comemos varias veces al día, pero me atrevería a decir que en pocas ocasiones saboreamos realmente lo que estamos comiendo. Solemos engullir sin prestar demasiada atención a lo que estamos comiendo. A veces, si algo nos gusta especialmente, nos entretenemos un poco más en saborearlo, pero suele ser también de manera breve.

Y esa es una de las mayores dificultades de la experiencia tántrica, el aprender a estar presente en lo cotidiano, en algo tan aparentemente banal como el comer cotidiano o beber un vaso de agua. Cuando iniciamos un camino de cambio sea con un proceso de coaching o siguiendo una “vía espiritual”, nuestro ego ansía normas y pruebas a superar. En bastantes ocasiones, la gente que se adentra en esas búsquedas se adhiere a rituales diversos, muchas veces totalmente alejados de su propia cultura, pero que le hacen sentir que están “haciendo algo”. Se recitan mantras, se monta un pequeño altar con figurillas de dioses que no conoce, se hacen ayunos, se asiste a cursos que prometen todo tipo de conexiones energéticas, etc… Que es justamente lo que “echa atrás” a los que lo que suene a espiritual les da grima.

Y la mayoría de esas cosas, se olvidan o se relegan en el día a día. La experiencia tántrica, bien entendida,  persigue justamente lo contrario. No hay demasiadas normas a seguir para iniciarse. Puedes adornarlo con incienso, o velas o perfumes, pero no hace ninguna falta. Lo único que necesitas es estar verdaderamente presente. Presente en todo momento, en cada una de las situaciones. Presente en el no hacer nada, en la brisa del viento, en el tacto de la hierba o la arena.

Para conseguirlo hay que pensar menos, dejar la cabeza un poco de lado y activar los sentidos. Dejar que los sentidos sean los protagonistas absolutos de cada una de las experiencias. Por eso comentaba en el primer post, que el primer paso era entrenarse en observar la respiración, pues respirar es una de las mejores maneras que tenemos de estar presentes. Tan buena, que suele asustarnos por su intensidad y la olvidamos.

La propuesta de hoy es estar presente en el sabor de la vida. Aprender a saborearlo todo como si fuera la primera vez que lo hacemos, con lentitud y calma, absorbiendo los matices, las texturas, la temperatura de cada alimento en la boca, la manera en que se funde, o que cruje o se mezcla con otros sabores. No hace falta que comamos  nada especial ni diferente, sólo que estemos conscientes en lo que ingerimos.

También podemos simplemente explorar, como hacen los niños, los objetos con la boca. Como cuando mordisqueas un lápiz al escribir, o dejas pasar los labios sobre una superfície especialmente sedosa. ¿Lo hacéis alguna vez, no? ;)

Parece muy sencillo, pero yo os digo que no es nada fácil. Al segundo o tercer bocado solemos olvidar que queríamos saborear la comida. Yo no suelo aguantar en ese estado una comida entera, sólo unos cuantos bocados. Pero cada uno de esos bocados, adquieren un sentido especial. Tampoco hace falta que quieras hacerlo cada vez que te sientes a comer porque te atragantarás y te resultará tedioso. Hazlo cuando tengas un poco de tiempo, cuando sientas que te apetece, cuando surja. Y procura, aparte de saborear, no tener la TV puesta o estar leyendo. Si compartes la mesa con otras personas, puedes practicar también estar presente con ellos, en lugar de dentro de tu cabeza dándole vueltas a cualquier cosa.

!Buen provecho¡

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Mertxe Pasamontes