Manuel Vicent en su columna semanal en la contraportada del País, habla de la envidia. Lo que me ha hecho pensar que era un tema que no había tocado nunca hasta ahora.

La envidia es ese sentimiento enfermizo, de desear lo que otro tiene, pero que casi nadie reconoce tener. Es un sentimiento feo, que no gusta reconocer en uno mismo.

Lamentablemente mucha gente la tiene. La envidia no es sólo codiciar lo que es ajeno, es además sentirse molesto porque otros tienen lo que creemos que por derecho nos pertenece. No es que nosotros querríamos tener algo similar, sino que creemos que el otro tiene lo “nuestro”.

Cuando otra persona triunfa en un campo parecido al nuestro, el envidioso se siente molesto por ese triunfo, como si el éxito del otro impidiera el propio. El envidioso piensa que si las cosas no le van bien, no es por algún motivo relacionado con el mismo, sino por culpa de los demás, que tienen “su parte del pastel”.

El problema es no enterarse que el pastel no existe. Que cada uno se labra su camino y que el triunfo de otro, no tiene nada que ver con el nuestro, la mayoría de las veces no nos influye de ninguna manera. No hay una cuota determinada de triunfo, o de amor, o de lo que sea que se agota cuando alguien la consigue. Si no conseguimos nuestra cuota de lo que deseamos, es sólo responsabilidad nuestra.

La gente que piensa que los demás le quitan lo suyo igual es que no confía lo suficiente en si mismo, en su propia capacidad para conseguir sus metas.

Como dice Vicent, liberarse de la envidia, del regocijo ante la desgracia ajena, nos engradece. Nos hace más humanos, eleva nuestro espíritu.

¿Sientes envidia por alguien? ¿Te regocijas en la desgracia ajena? ¿O te alegras de que los demás logren sus sueños?

Mertxe Pasamontes