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Ya he hablado algunas veces de los motivos por los que vivir en sociedad y relacionarnos con los demás, nos beneficia de múltiples maneras: mejora nuestro humor, nos protege de la depresión, ayuda a prevenir el Alzheimer, nos favorece a la hora de trabajar en grupo, etc… Pero es que ahora diferentes investigaciones parecen indicar que en la evolución del cerebro humano, uno de los puntos de inflexión para que ésta se produjera fue la necesidad de comunicarnos con los demás. Esa necesidad parece ser que también provocó algunos cambios estructurales como es el hecho de que tengamos la enorme cantidad de músculos (creo que son 30) en la cara y que nos permiten expresar un amplio rango de emociones y por tanto comunicarnos con mayor precisión. Además, toda esa necesidad de comunicación fue haciendo evolucionar el cerebro en complejidad. Todo ello ocasionado por el hecho de vivir en sociedad y tener que comunicarse de una manera lo más adecuada posible con los demás.

Pero aún hay más datos intersantes. Para eso voy a explicar el caso de la isla de Tasmania. Fue pisada por primera vez por un europeo en 1642, el explorador Abel Tasman. Encontró en ella un centenar de tribus primitivas, en grupos de unos 50 miembros cada una. La curiosidad es que eran el pueblo más primitivo que ha descubierto la antropología ya que estaban casi en el paleolítico: no sabían pescar, ni ir en canoa, no tenían lanzas, ni hachas de piedra, ni conocían el fuego. Hoy sabemos que los primeros habitantes llegaron a Tasmania hace unos 25.000-35.000 años y que Tasmania se separó de Australia (la lengua de tierra que las unía quedó sumergida) hace unos 10.000- 12.000 años. La posterior colonización (1777) lamentablemente cometió un genocidio que exterminó a toda la población autóctona por lo que de la población inicial no queda ningún descendiente.

Pero no quiero hablar de la brutalidad de la que el ser humano puede ser capaz, sino del hecho de que el aislamiento extremo provocó no sólo que los pobladores de Tasmania no evolucionaran, sino que hizo que su cultura reculara hasta niveles más primitivos, de hecho miles de años atrás. Numerosos antropólogos defienden la hipótesis de que las sociedades que a lo largo de la historia más evolucionaron fueron las que tuvieron más facilidad para desplazarse por el territorio y por diversos territorios y entrar así en contacto con otras culturas. ese contacto con otros pueblos sería una de las claves de su evolución y de la formación de imperios duraderos.

La neurociencia actual parece confirmar que para que el ser humano desarrolle todo su potencial necesita del contacto social. Un niño que fuera aislado al nacer, probablemente no aprendería ni a hablar (se han dado casos de este tipo como los llamados “niños salvajes“). Las conexiones neuronales en la infancia se desarrollan en interacción con el mundo y el medio social. Y como sociedad, el contacto con otras sociedades nos enriquece y hace que nuestro cerebro aumente sus niveles de complejidad. Todavía no se puede saber el impacto que tendrá en nuestro cerebro Internet y las Redes Sociales pero ya hay algunos científicos que comentan que cambiarán aspectos como el número de personas con las que podemos relacionarnos (el famoso número de Dunbar) y posiblemente ese intercambio cultural enriquecerá no sólo nuestra experiencia sino también nuestro tejido neuronal. De alguna manera, el relacionarnos con los demás puede ayudar a lo que tantas veces hemos hablado, a ampliar el mapa mental. Y esas estructuras cerebrales que más utilizamos, se refuerzan y se interconectan por tanto en mayor proporción, debido a la plasticidad de nuestro cerebro. Por tanto, serían cambios reales.

Por tanto, podríamos deducir de todo lo expuesto que las Redes Sociales pueden cambiar el modo en que pensamos e incluso nuestras estructuras cerebrales. Dependerá mucho también del modo en que las utilicemos. Podemos vivirlas como un mero entretenimiento superficial y relacionarnos sólo con los más allegados o gente que nos sea muy próxima social y culturalmente. Esas relaciones tendrán un cierto impacto, pero posiblemente más limitado a nivel neurológico. También podemos aprovecharlas para tener acceso a conocimientos y experiencias culturales que años atrás eran casi imposibles o muy difíciles de tener, a ver y oír otros puntos de vista, otras culturas y mapas del mundo. A ampliar de veras nuestra experiencia personal. Creo que si lo hacemos así, podemos hipotetizar que nuestro cerebro saldrá ganando. ;). No sabemos en cuantos años sucederá eso, ni si sucederá, pero creo que vale la pena tomar ese riesgo.

¿Crees que el contacto intercultural ayuda a progresar?¿Es variado el tipo de personas con las que te relacionas?

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Mertxe Pasamontes