Se habla mucho de abandonar nuestra zona de confort, pero se habla menos del hecho de no buscar una. Sí, es un poco lo mismo, pero si lo primero es difícil lo segundo aún lo es más pues la mayoría de las veces nos pasa inadvertido. Porque además, no siempre es obvio qué se puede convertir en una zona de confort. Y hay muchas cosas que lo hacen.

Veamos algún ejemplo. Cuando hace ya algunos años acabé la carrera, tenía claro que quería dedicarme a la psicología, que no había estudiado por el mero hecho de “tener estudios” sino para ejercer mi profesión. Trabajar de psicólogo no es tan sencillo como pudiera parecer, pues terminas los estudios con una experiencia mínima y casi todos los puestos de trabajo requieren algo de experiencia para poderse realizar.  Además no suelen abundar las ofertas para trabajar de psicólogo. Lo más práctico dadas esas circunstancias era ir trabajando de otras cosas mientras no llegase la oportunidad (en aquella época, sin Internet, montártelo por tu cuenta era casi imposible). Para conseguir mi objetivo hubo un par de cosas que tuve claras: coger cualquier trabajo que estuviera mínimamente relacionado con la psicología aunque se ganara menos y no hicieras de psicólogo y si realizaba otros trabajos que fueran cosas “provisionales”. Por provisionales entendía yo trabajos en que no fuera fácil hacer una carrera profesional, que se acabarán en “si mismos”. Algo que yo había observado y que el tiempo me ha confirmado, es que si al acabar la carrera te metes en un trabajo distinto a tu profesión, pero que tenga una remuneración interesante y en el que puedas progresar, es muy fácil que acabes en él por muchos años. Sin darte ni cuenta, te has creado una zona de confort. No era tu intención de inicio, pero el día a día te ha llevado a ello. Y cada vez se hace más difícil que renuncies a cambio de algo incierto.

Muchas de las zonas de confort en las que vivimos hoy en día empezaron no siéndolo, es posible que incluso sin una intención clara. Puede ser que compraras tu piso con ilusión y en aquél momento cumpliera con tus expectativas. Años después ya no lo hace, pero estás muy acomodado en él y cambiar te parece mucho más complicado que permanecer en él aunque ya no cumpla con lo que necesitas. Eso mismo sucede en muchos otros ámbitos.

Nuestra estructura cerebral juega en contra nuestro. El cerebro busca la máxima satisfacción con el mínimo gasto de energía. Ese es su cometido, hacernos sobrevivir y sentirnos más o menos satisfechos (que no felices) con los mínimos recursos posibles. Y es algo que hace bastante bien. Si a eso le sumamos la aversión al cambio (ya que hay que aprender nuevas cosas y gastar energía) ya tenemos todos los ingredientes necesarios para acomodarnos con facilidad. No se puede negar que hay personas con mayor tendencia a acomodarse que otras, pero en general todos pecamos un poco de eso.

Por ello, si te conoces un poco bien, puedes anticipar cuándo vas a meterte en algo que se convertirá casi seguro en una zona de confort. Y tomar algunas precauciones. En mi caso, fue no buscar alternativas profesionales que pudieran competir en atractivo con la psicología. No digo que no hubieran sido tal vez una buena opción, pero si tenía que llegar ese caso que fuera después de probar lo que quería hacer de veras. Claro que la propia profesión también se puede convertir en una zona de comodidad, pero no se trata de no tener ninguna sino de no tener aquellas que en realidad no te gustan o te limitan.

Si estás bien en tu profesión, si te gusta tu casa, si estás bien con tu pareja, si disfrutas con el deporte que practicas, no hay porqué cambiarlo.Salir de la zona de confort no tiene porqué convertirse en una obsesión. Sólo se trata de que no conviertas toda tu vida en un proceso rutinario con todas las horas programadas y funcionando siempre del mismo modo. Que dejes un cierto espacio a la aventura, a la improvisación, la espontaneidad y a la posibilidad de tener nuevos aprendizajes. Y que aprendas a anticipar en que “zonas de comodidad” mejor no meterte.

Un poco de incomodidad nos estimula, nos hace estar atentos, evita que nos durmamos excesivamente. Nos deja abierta la posibilidad de cambiar, de crecer, de conocernos mejor y llegar a hacer las cosas que de verdad nos gustan, con las que verdaderamente disfrutamos. Y que son las que hacen que nos sintamos plenos.

¿Cómo manejas tus zonas de confort? 

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Mertxe Pasamontes