optimismointeligente

De manera cíclica vuelvo a tocar en el Blog el tema de ser optimista, pues el optimismo inteligente (siempre estoy hablando del optimismo desde ese punto de vista, no como una ñoñez, o un ir por la vida con el lirio en la mano) no sólo es útil, sino que además es sano, eficiente y nos hace más felices. Porque mirar la vida de manera optimista nos ayuda a estar más pendientes de encontrar las soluciones que de buscar las faltas, nos hace movernos hacia nuestras metas con otro ímpetu, ya que las vemos como posibles.

Esta manera de funcionar no implica en ningún caso no tener espíritu crítico, sino no bloquearse ante las dificultades. Podemos ver que hay cosas que no nos gustan o reconocer que algo no ha salido como esperábamos, pero no dejamos que eso nos bloquee, que nos paralice, sino que buscamos otras alternativas cuando las hay y aceptamos que no siempre salen las cosas como querríamos cuando no hay más remedio. Pero sin dejar que eso nos hunda, o nos incapacite para buscar otras opciones. Quizás habría que denominarlo el optimismo del resiliente, una persona que puede caerse, pero vuelve a levantarse, con la esperanza de que la próxima vez las cosas saldrán mejor, con la ilusión de que su vida puede mejorar. Hay ejemplos estremecedores de ese tipo de resiliencia, como la de Victor Frankl.

En los estudios de Martin Seligman, uno de los padres de la psicología de la felicidad, encontramos como ya comenté en este otro post que el modo de enfrentarse de manera optimista a las situaciones difíciles comprendía los siguientes puntos:

– Sensación de no permanencia, es decir, pensar que la situación negativa pasará.

– Hacer compartimentos estancos, de manera que aquello negativo que sucede en una área de nuestra vida no traspase a otras.

– No personalizarlo, es decir, no creer que todo lo malo que nos sucede es por alguna característica de nuestra personalidad que no podemos cambiar.

Porque no hemos de olvidar que muchas veces el pesimista no deja de ser alguien que también tiene un pensamiento distorsionado, que espera que se cumpla siempre la ley de Murphy de que si algo puede ir mal, irá mal. Podéis leer aquí las diferentes formas que adquieren las distorsiones cognitivas negativas. Difícil será que no te sientas identificado con alguna de ellas….

Y no olvidemos del impacto que tienen los pensamientos negativos en nuestra salud, ya que disparan mecanismos defensivos en el organismo con sus correspondientes hormonas tóxicas, como por ejemplo, el cortisol, que en su justa medida es necesario, pero en exceso desequilibra el cuerpo. En cambio, cuando nos sentimos bien, cuando estamos felices, las endorfinas se encargan de poner nuestro organismo en equilibrio. Y ese sentirnos bien nos predispone para hacer más cosas y obtener más y mejores resultados que de nuevo nos ayudan a sentirnos mejor. Es un círculo de retroalimentaciones positivas. Porque al final, las cosas son tal cual son sin importar que las vivas sereno o perturbado.

Y si os apetece leer, os dejo con un conocido cuento pero que creo que de vez en cuando conviene recordar:

Buena suerte, mala suerte…

Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una casita del campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de las bardas que hacían de cuadra.

El vecino que se percató de este hecho corrió a la casa del hombre para avisarle:

-Tu caballo se escapó, ¿que harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-Buena suerte, mala suerte, ¿quien sabe?

Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil con diez caballos salvajes más. El vecino al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:

-No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar, ¡qué buena suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-Buena suerte, mala suerte, ¿quien sabe?

Unos días más tarde el hijo montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y calló al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:

-¡Qué mala suerte has tenido!, tras el accidente tu hijo no podrá ayudarte, tu eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.

El hombre, otra vez lo miró y dijo:

-Buena suerte, mala suerte, ¿quien sabe?

Pasó el tiempo y estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército empezó a reclutar jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al accidentado se le declaró no apto. Nuevamente el vecino corrió diciendo:

-Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

Otra vez el hombre lo miró diciendo:

-Buena suerte, mala suerte, ¿quien sabe?

Y con todo esto no digo que tengamos que tener una actitud pasiva ante la vida o creer que las cosas nos caerán del cielo, sino que intento expresar todo lo contrario: Que afrontar las situaciones con un optimismo inteligente nos puede dar los mejores resultados.

¿Practicas el optimismo inteligente? ¿O te justificas diciendo que “de nada va a servir hacer eso”?

Si quieres escuchar el post con algunos extras puedes hacerlo clickando en el reproductor:

Mertxe Pasamontes