Es un tópico el hecho de decir que hay que salir de la zona de confort. Pero es que hay que hacerlo y no queda más remedio que recordarlo de vez en cuando. Nuestro cerebro es un gran maestro en la creación de patrones y automatismos y si no lo empujamos un poco tiene tendencia a quedarse ahí, en lo conocido. Por eso debemos hacer un esfuerzo, para que aunque sea de vez en cuando, salir de la zona de confort.

Podríamos definir la zona de confort como ese lugar en donde podemos disparar todos nuestros patrones automáticos. Para tomar una decisión dentro de la zona de confort no hay que pensar demasiado, solo hay que actuar como siempre lo hemos hecho. Se podría decir que dentro de la zona de confort lo único que hacemos es reaccionar. No hay proactividad, es como un dejarse llevar por aquello que hemos hecho en el pasado, nos haya dado resultado o no.

Puede parecer curioso, pero la realidad es que nos quedamos ahí acomodados incluso cuando el resultado no ha sido positivo. Pero es que el cerebro además de crear patrones y rutinas con extrema facilidad, persigue un estado de bienestar, de homeostasis en el que haya un gasto mínimo de energía y se garantice la supervivencia. Por eso, si no hacemos algo al respecto, tendemos a la repetición de rutinas. Y eso lleva a hacer del mundo un lugar acotado por los límites de nuestra mente. Unos límites de algún modo autoimpuestos.

Parte de todo esto también ocurre por un tema que ya os resultará conocido: el guión de vida. Nuestro guión de vida es una gran patrón en el que se aglutinan multitud de pequeños patrones de pensamiento y comportamiento. Tendemos a repetir aquello que encaja en nuestro guión de vida y a rechazar o ignorar aquello que desafía al guión. Y así, día a día, vamos quedando cada vez más atrapados en nuestro guión y más incapacitados para ver que hay más opciones ahí fuera. Muchas de ellas al alcance de nuestra mano.

Gran parte del trabajo que hago en la terapia y en coaching es que el cliente de pasos fuera de su zona de confort. Cada uno de esos pasos le sirve para tener una nueva visión del mundo, ni que sea pequeña. Pero esas pequeñas nuevas visiones, todas juntas, empiezan a configurar nuevos aprendizajes. Y la zona de confort, se amplía. A veces es la propia vida la que nos saca de repente de nuestra zona de confort ( enfermedad, accidente, perdida de empleo, divorcio etc,,)  y no suele hacerlo con tanta dulzura y cuidado como pongo yo en la terapia. Lee el siguiente cuento:

Andaban de viaje un maestro y su discípulo cuando decidieron pasar la noche en una aldea. Al maestro se le ocurrió dar una lección de vida a su pupilo y para ello le propuso localizar a la familia más pobre del poblado. Cuando la encontraron, se les encogió el corazón: hallaron una casa hecha pedazos y una familia hambrienta y vestida de jirones. Su fuente de subsistencia era una vaca esquelética que les proveía de leche, su único nutriente. Y así esta familia dejaba pasar y morir sus días…

El maestro y su pupilo pasaron la noche con esta familia, escuchando sus lamentos. Al día siguiente, cuando se disponían a abandonar la aldea, el maestro decidió que había llegado el momento propicio para su enseñanza. Se dirigió hacia la casa y sin mediar palabra, degolló a la vaca, ante la mirada de asombro de su alumno. El maestro prosiguió su camino mientras el discípulo le increpaba entre lágrimas: “¿Cómo has podido ser tan cruel? Esa vaca era el único bien material de que disponía esa familia. Los has arrastrado a una muerte segura…”

Pasaron varios años hasta que maestro y pupilo volvieron a esa aldea. La casa en ruinas había dado paso a una mansión con grandes cultivos alrededor. El discípulo pensó con dolor que seguramente aquella familia se habría marchado, sólo con una mochila de hambre y desesperación a cuestas, y en su lugar se habría instalado otra más adinerada. Pero al llamar a la puerta le sorprendió reconocer los mismos rostros que hace un tiempo se escondían entre harapos.

Reunidos en un entorno de abundancia y felicidad, el padre de familia les explicó su historia: “Hace unos años, algún desaprensivo nos mató la única fuente de sustento que teníamos, una vaca. Desesperados, empezamos a buscar nuevas fórmulas para sobrevivir. Vimos la oportunidad de crear un pequeño huerto en la zona donde dormía la vaca. Probamos varios cultivos y seleccionamos los más productivos. Como teníamos suficiente para comer, empezamos a vender el excedente: ¡y ahora tenemos un negocio y un proyecto de vida! La muerte de la vaca pudo arrojarnos al vacío pero nos empujó a pensar y progresar y gracias a eso hoy nos sentimos orgullosos de nuestro presente y encaramos entusiasmados nuestro futuro”.

Hay que atreverse a salir de ahí. Hay que atreverse a moverse. A veces puede que no sepas hacia donde, que no tengas un objetivo definido. Entonces simplemente prueba, haz algo distinto. Como dice un proverbio zen: muévete y el camino aparecerá. No te quedes parado y aferrado a lo de siempre. Recuerda que la vida empieza fuera de la zona de confort, en lo nuevo, en lo sorprendente. Si dejas de aprender mueres un poco cada día. Y no puedes aprender nada nuevo haciendo lo mismo de siempre. Y si no te atreves o no sabes cómo hacerlo, recuerda que puedo ayudarte con terapia o coaching.

¿Con qué frecuencia sales de tu zona de confort? 

Mertxe Pasamontes