Una de las maneras favoritas que utilizamos para amargarnos la vida es la de compararnos con los demás. Es algo perfectamente entendible pues forma parte de la naturaleza humana. Pero es también una de las principales causas de sufrimiento. Por eso vamos a ver con quién compararnos y con quién no. Y porqué.

Cómo aprendemos

De pequeños aprendemos muchas cosas por imitación. De hecho la imitación está en la base del aprendizaje de los primeros años de vida. Más mayores ya podremos generar nuevos aprendizajes por experiencias propias no estrictamente imitativas. Pero en los comienzos de nuestra existencia, no nos queda otra que imitar: el lenguaje, los gestos, el comportamiento. Es un tipo de aprendizaje que se conoce como aprendizaje vicario. Es aprender viendo lo que hacen los demás y las consecuencias que han tenido en ellos determinados comportamientos.

Con quién nos comparamos

Y también en esa época, en la infancia cuando nos enseñan a compararnos, con frases como “mira lo que hace Fulanito a ver si aprendes de él”, “no seas como Menganito que es un bala perdida”, etc. Y eso se sigue alimentado a lo largo de nuestra vida. Parecernos al grupo de iguales para ser aceptados en la adolescencia, mostrarte atractivo (más que los que te rodean) para conseguir pareja, ser el mejor candidato a un puesto de trabajo, por citar sólo algunos ejemplos. La lista no tiene fin. Y es alimentada por la publicidad y los medios que nos presentan modelos a seguir, ejemplos de belleza y triunfo la mayoría de veces inalcanzables.

Todo eso nos hace entrar en una espiral de deseo, de consumo, de insatisfacción sin fin. Siempre hay alguien más guapo, más listo, más alto, más delgado, más musculoso, más rico, más exitoso, más bueno, más lo que sea. Siempre lo hay y siempre lo habrá. Ni siquiera los que están en esa supuesta cima se libran de esa comparación. Pensad si no en Messi y Ronaldo y el Balón de oro. Hay algo perverso y algo patético en esa competición anual. ¿Mejor según qué y quién? ¿Bajo qué criterio? ¿No son ambos jugadores excepcionales? ¿Es necesario establecer cuál de los dos es más excepcional?

Con quién deberíamos compararnos

Esta es la gran pregunta : ¿deberíamos compararnos con alguien? La repuesta es clara: de manera limitada y consciente. Muy consciente. Podemos compararnos a la hora de adquirir una nueva habilidad. Como hacíamos de niños, para aprender lo que hace esa persona y nosotros también deseamos hacer. Pero con cuidado, para que no se convierta en un círculo vicioso de insatisfacción. Como inspiración y modelo de habilidades a adquirir.

Para el resto de cosas, no hay comparación posible. Solo la que hagamos con nosotros mismos. Pero no con un ansia enfermiza de superación personal. Y por favor, no para ser la mejor versión de nosotros mismos, frase típica que aborrezco del coaching motivacional. Y la aborrezco porque no se utiliza en un sentido auténtico. ¿Porque qué es la mejor versión de ti mismo? En la mayoría de casos se usa para hablar de triunfos de los que se establecen de nuevo por comparación con otros. Y de eso venimos huyendo desde el principio del post.

La mejor versión de ti mismo es aquella en que conectes más con tu esencia, con quien de verdad eres y en la que te sientas más feliz. Es la búsqueda que te ofrezco en mi curso Dueño de tus emociones, capitán de tu destino. Pensé cada paso con cuidado, de modo que puedas descubrir quién eres y establecer unas metas acorde a ello. Y desde un estado de relajación. Porque hacerlo desde el estrés es incómodo y muy poco sano. Y no suele funcionar. Hay que hacerlo desde la calma y el estado de presencia.

Lee este poema de Marianne Williamson:

Nuestro mayor temor no consiste en no ser adecuados.

Nuestro temor consiste en que somos poderosos más allá de toda medida.

Es nuestra luz y no nuestra oscuridad lo que nos atemoriza.

Nos preguntamos: “¿Quién soy yo para ser brillante, espléndido, talentoso, fabuloso?”

Pero, en realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres hijo de Dios.

Tus pequeños juegos no sirven al mundo.

Disminuirte a ti mismo para que los demás no se sientan inseguros a tu lado no tiene nada que ver con la iluminación.

Todos estamos hechos para brillar, como brillan los niños.

Nacemos para manifestar esta gloria que está dentro de nosotros.

Y no es que esté solo en algunos, está en todos nosotros.

En la medida en que dejamos que brille nuestra propia luz,

damos a otros permiso para hacer lo mismo.

En la medida en que nos liberamos de nuestro miedo,

nuestra presencia libera automáticamente a otros.

Tú eres tu propia referencia, al margen de lo que digan los demás, de lo que te vendan las modas o los falsos gurús de turno. Y tu felicidad y el bienestar que obtengas de la vida será la medida de tu verdadero éxito. Porque recuerda lo que dice la frase que se ha popularizado; sé tú mismo, los demás puestos ya están ocupados. Aunque jamás ganes un balón de oro.

¿Y tú con quién te comparas?

Lecturas recomendadas:

Si quieres escuchar el post:

Mertxe Pasamontes