En alguna ocasión ya os he hablado de los estados de flujo, de ser feliz fluyendo. Para hacer un poco de memoria os diré que “estar en flujo” es un concepto que nace a raíz de las investigaciones del psicólogo Mihaly Csikzentmihalyi sobre la felicidad. En ese camino de estudio de qué hacía a las personas felices Csikzentmihalyi descubrió que muchas de esas personas se sentían realmente bien cuando entraban en un estado en que se sentían poseídas de un profundo gozo creativo, momentos de concentración activa, de absorción en lo que estaban haciendo. De alguna manera, estaba tomando fuerza la hipótesis de que muchos de los momentos de plenitud vendrían de estar participando de una actividad con conciencia plena y no del ocio pasivo. Exploraremos  en el post de hoy esta vía, sin desmerecer no obstante el goce de no hacer nada y dejar que las cosas sucedan del que otras veces hemos hablado. La idea es tener un arsenal de estrategias que nos permitan tener más opciones.

Cuando estás en flujo la experiencia en sí misma es tan placentera que nada más parece importarte, incluso aunque parezca desde fuera que es algo que te está costando gran esfuerzo (imaginemos un escalador en un tramo difícil) si la persona está involucrada totalmente, puede fluir con el mero hecho de estar haciéndola. Hay actividades que pueden facilitar que entremos en esos estado por las propias características de las mismas: el deporte, la danza, la música, la pintura… hay movimiento y creatividad en ellas y favorecen estos estados. Pero cualquier actividad cotidiana es susceptible de provocarnos ese estado si somos capaces de realizarla con atención plena. Vamos a tomar como ejemplo una ducha. Puedes ducharte deprisa y corriendo, superando el trámite de “estar limpio” o hacerlo (aunque sólo dispongas de 3-4 minutos) sintiendo cómo el agua cae sobre tu piel, la temperatura de la misma, el sonido que se produce al chocar contra el suelo, la textura y el aroma del jabón, teniendo todos tus sentidos involucrados en esa experiencia. En el segundo caso es fácil que entres en flujo.

Otra manera de fluir es hacerlo en actividades que requieren de una cierta complejidad. Para conseguir eso hay que superar unas etapas básicas de aprendizaje pues en el estado inicial cuando estás demasiado pendiente de cómo hacer las cosas, es muy difícil entrar en flujo. Piensa cuando aprendiste a conducir o a ir en bicicleta. Al principio era complicado, tenías que estar atento a cada uno de los movimientos a realizar. Sólo cuando esos movimientos se automatizaron, pudiste empezar a disfrutar de la actividad. Me gustaría ilustrar mejor esta idea con un concepto japonés Shuhari, que se aplica al aikido (arte marcial japonés) pero que me parece totalmente acertado y revelador.  Os explico lo que dice el maestro de Aikido Endo Seishiro:

“Es sabido que, cuando aprendemos o nos entrenamos en algo, pasamos a través de las etapas de shu, ha, y ri. Estas etapas son explicadas de la manera siguiente. En shu, repetimos las formas y nos disciplinamos a nosotros mismos de forma que nuestros cuerpos absorben las formas que nuestros ancestros crearon. Somos fieles a las formas sin desviación. Después, en la etapa de ha, una vez que nos hemos disciplinado para adquirir las formas y movimientos, hacemos innovaciones. En este proceso las formas pueden ser rotas y descartadas. Finalmente, en ri, nosotros nos alejamos completamente de las formas, abrimos la puerta a la creatividad, y llegamos a un estado donde actuamos de acuerdo con lo que nuestra mente y nuestro corazón desea, sin obstáculos y superando las leyes.”

Este proceso en tres fases nos permite ir de la incompetencia inconsciente a la competencia inconsciente, de manera que llegados a ese nivel ya no tenemos que poner la atención en las instrucciones o pasos a seguir. Es obvio que esto requiere de práctica y no de un día o dos, sino de bastante tiempo. Ya os he hablado otras veces que hay estudios que apuntan a que llegamos a ser expertos en algo cuando llevamos 10.000 horas de práctica. Para entrar en flujo en actividades de una cierta complejidad, no hace falta pasar 10.000 horas, pero si que hay que dedicarle tiempo, el suficiente como para que entremos, como dice el maestro Seishiro en la fase del ri: dejar de estar pegados a la instrucción y ser creativos.

Lo bueno de pasar por ese aprendizaje, de dedicar esas horas, es que tenemos otra vía para entrar en flujo. Ya hemos hablado antes de la vía del momento cotidiano, que puede depararnos instantes de intenso gozo. Pero esta otra, nos permite hacerlo en un mayor rango de experiencias. Podemos disfrutar en muchas de las actividades en las que participamos a poco que nos motiven y que les hayamos dedicado el suficiente tiempo para ir cubriendo las etapas de aprendizaje expuestas. Y lo  que os puedo asegurar, es que la cualidad de una actividad desde el flujo o en la zona, no tiene nada que ver con una hecha sólo con esfuerzo. En el flujo puede haber esfuerzo, pero es un esfuerzo consciente, conectado e involucrado totalmente en la actividad. Es como un cansancio que no cansa, aunque suene paradójico. Es como estar bailando con la melodía de la vida, vibrando al son del Universo. Es perder la noción del tiempo pero a la vez expandirlo, disfrutarlo, saborearlo. Es dejar de lado el diálogo interno limitador para estar presente en el aquí y ahora. ¿No es eso un momento de felicidad?

Si no sabes cómo hacerlo anímate a hacer unas sesiones de coaching o psicoterapia conmigo.

Si quieres puedes escuchar el post en formato podcast:

Mertxe Pasamontes