sonriendoalavida

La mayoría de la gente sólo quiere ser feliz. Y que la quieran. No tienen (o no pueden tener) en realidad grandes aspiraciones, más allá de vivir el día a día y ser un poco felices. O incluso diría menos, vivir un poco tranquilos y poder comer y pagar las facturas. Puede parecer poco en estos tiempos de emprendedores exitosos que sacan sus empresas a Bolsa y las venden por una millonada. Pero eso es el caso de uno entre miles. Y ese ir viviendo es el pan de cada día de millones de personas.

Esas personas que son felices compartiendo una frase simple en Facebook o una foto mona de un gatito. No pretenden dar lecciones a nadie, ni ser filósofos, sólo compartir algo sencillo que les hizo sentirse bien por un momento. O ponen una foto suya, tal como son, sin Photoshop ni artificios. Ya saben que no son top models y tampoco lo pretenden. Sólo quieren un like de sus amigos. Eso los que tienen ordenador y acceso a Internet. Porque muchos no tienen ni eso.

Esas personas que trabajan todo el día para ganarse un sueldo con el que ir sobreviviendo. Porque la mayoría de los sueldos de muchísima gente no dan para muchas alegrías. No les permiten poner fotos desde la Gran Manzana, ni tuitear sus platos de diseño desde el restaurante de moda. Ni tener el último modelo de móvil, desde luego. Todos eso son lujos inaccesibles. Hablando de los que tienen trabajo, porque miles de ellos no lo tienen.

Y no hablo de países en vías de desarrollo, porque eso daría para muchos post y no sólo para un breve comentario. Hablo de nuestra sociedad occidental, la supuesta sociedad de la abundancia. Que cada vez tiene menos abundancia. O mejor dicho, mucha abundancia para unos pocos y mucha miseria para el resto.

Porque como ha dicho Zygmunt Bauman en una reciente entrevista, la sociedad cada vez es más desigual. Nos encontramos con una gran masa cada vez más indiferenciada  (clase media+clase obrera) y una élite. Una cereza sobre una enorme calabaza. Los jóvenes de hoy tienen menos posibilidades de las que  tuvieron sus padres. Será la primera generación en muchos años que vivirá peor de lo que vivieron sus padres. Menos unos pocos afortunados.

Tener estudios ya no te garantiza nada. Ni tener una profesión tampoco. Ni haber nacido en el primer mundo. Los que podemos trabajar y permitirnos llegar a final de mes, salir de vacaciones, comprar algún capricho tecnológico, etc, somos unos afortunados. Y más si además vivimos en un país con libertad de expresión y de voto (por muchas limitaciones que eso tenga, tampoco seamos ilusos). Pero tampoco eso nos garantiza nada. Y ese desfase entre las expectativas y la realidad está provocando mucha depresión y ansiedad.

Podemos seguir viviendo en nuestra burbuja 2.0, con nuestros “iguales” que gozan de un cierto nivel de vida y que se preocupan por sus éxitos profesionales y el número de retweets. O podemos mirar un poco más hacia fuera y contribuir. Evitando el consumismo, eligiendo el bienestar personal sostenible, comprando en tiendas de comercio justo, no tirando comida, colaborando con ONG, haciéndote voluntario, participando en los bancos del tiempo, denunciando las injusticias, reciclando y contaminando lo mínimo, y sobre todo, votando. Votando solo a los que su prioridad real sea seguir apoyando y manteniendo el estado del bienestar. Y si no lo haces por solidaridad, hazlo por egoísmo. Porque el día que la mayoría no tenga bienestar, casi nadie lo tendrá.

Y antes de acabar, un pequeño cuento:

La  historia cuenta que había dos hermanos que se querían con toda el alma. Ambos eran agricultores. Uno se casó y el otro permaneció soltero. Decidieron seguir repartiendo toda su cosecha a medias.

Una noche el soltero soñó:
– ¡No es justo!
– Mi hermano tiene mujer e hijos y recibe la misma proporción de cosecha que yo que estoy solo.
– Iré por las noches a su montón de trigo y le añadiré varios sacos sin que él se de cuenta.

A su vez el hermano casado soñó también una noche:
– ¡No es justo!
– Yo tengo mujer e hijos y mi futuro estará con ellos asegurado.
– A mi hermano, que está solo, ¿quién lo ayudará?
– Iré por las noches a su montón de trigo y le añadiré varios sacos sin que se de cuenta.

Así lo hicieron ambos hermanos. Y ¡OH, sorpresa!, Ambos se encontraron en el camino, una misma noche, portando sacos uno para el otro. Se miraron, comprendieron lo que pasaba y se abrazaron con un abrazo de hermano, y su lazo era aún más fuerte, y para siempre.

¿Crees que puedes contribuir a hacer que el mundo sea un lugar mejor o prefieres vivir en tu torre de marfil? 

 

Mertxe Pasamontes