En un mundo hiperracionalizado como el nuestro, usar la intuición para decidir mejor puede sonar a temeridad. Aunque lo cierto sea que la intuición condensa de manera inconsciente miles de piezas de información, tanto de experiencias vividas como de informaciones recogidas de diversas fuentes, las procesa y en un momento determinado las arroja a nuestro cerebro consciente como un destello, una sensación, un pensamiento a veces fugaz de cuál es el camino a tomar, si hay que hacer o no hacer algo, si puedes confiar en alguien o no hacerlo, si has de pedirle el teléfono a esa persona que acabas de conocer o mejor no lo hagas…

Es normal que usarla nos resulte difícil pues la intuición es tan volátil que el intento de apresarla racionalmente la perturba, hace que nos entre la duda. Porque la manera en que nuestro cerebro llega a esa conclusión no es pasando por la información consciente y no tiene por tanto nuestra intuición modo racional de explicarnos qué hay detrás. Cuando intentamos justificar racionalmente una decisión intuitiva nos sentimos como en el aire, con una sensación que no podemos apresar de inconsistencia.

Una parte de esa información nos llega a través de sensaciones físicas o viscerales. Como dice Goleman:

Las “sensaciones viscerales” son mensajes procedentes de la ínsula y otros circuitos ascendentes que simplifican nuestras decisiones vitales y orientan nuestra atención hacia opciones más inteligentes. […]  El neurocientífico Antonio Damasio utiliza la expresión marcadores somáticos para referirse a las sensaciones corporales que nos indican la adecuación o no de una determinada decisión. […] Y esto sucede a través de los circuitos ascendentes que transmiten sus conclusiones a través de las sensaciones viscerales, a menudo mucho más deprisa que las conclusiones racionales a las que llegan los circuitos de arriba abajo.

Dicho de un modo simple, nuestro cuerpo nos avisa de que algo está ocurriendo y de cuál es el camino a tomar. Obviamente ese aviso no es un pensamiento estructurado sino una sensación física, o un pensamiento fugaz poco estructurado. Pero no por ello deja de ser un aviso importante y poderoso. Lo malo es que en muchas ocasiones lo desoímos por no saber cómo encajar eso en nuestra racionalidad. Y la realidad es que no hay que encajarlo, pues como he dicho, eso no va a ser posible.

Pongamos un ejemplo. Me presentan a alguien para un proyecto nuevo. Nada más conocerle, se me “arruga la nariz” (esa es una sensación visceral que yo tengo cuando algo no me da buena espina). Dicen que la primera impresión de alguien la tenemos a los diez segundos de conocerle y que luego tardamos años en confirmar racionalmente esa primera impresión. En mi caso, si se me ha arrugado la nariz, no debo hacer el proyecto. Cuando no he hecho caso de esa sensación, la realidad me ha demostrado que debía haberla tenido en cuenta.

Cada cuál debe aprender a descubrir cuáles son sus señales de aviso y diferenciarlas de otras señales debidas a un pensamiento posterior. En el ejemplo citado, podría ser sentir a posteriori que la persona no es adecuada para no reconocer que temo entrar en el proyecto.  No son fáciles de distinguir ambos tipos de sensaciones, requieren de un trabajo de sensibilización y autoconocimiento.

Para usar la intuición correctamente debemos conocernos bien y no caer en autoengaños. Tenemos que ser capaces también de captar esa información sutil visceral que nos llega sin previo aviso. Y en general no estamos acostumbrados a escuchar a nuestro cuerpo, nuestras sensaciones y emociones. El ruido exterior y el interior nos vuelven sordos a los mensajes del cuerpo. Por eso hay que volver a afinar el oído para volver a escuchar esos mensajes de tanto valor para nuestra felicidad. Porque no podemos ser felices yendo en contra de nuestras sensaciones más profundas y conectadas.

Y ¿cómo aprendemos a oír a nuestra intuición? Para mi hay dos vías fundamentales:

Conocerse mejor y si es posible con ayuda externa para evitar los autoengaños.

Mindfulness para aprender a observar nuestro interior sin juzgarlo y adquiriendo cada vez una mayor capacidad de detectar cualquier cambio por sutil que sea.

¿Es obligatorio hacer esto? Obviamente no. Pero si quieres una vida más conectada contigo mismo, más plena y con más sentido, no vas a encontrar un atajo para lograrlo. Vas a tener que pasar por este afinamiento de tu percepción interna. Ya sabes lo que dice el adagio, los caminos fáciles no llevan muy lejos.

¿Usas tú intuición para tomar decisiones? 

Mertxe Pasamontes