Cuando cae el yo: una lectura personal sobre vacío, autenticidad y sentido

Estos días ha circulado un artículo de Eduardo Infante sobre Rosalía, los herederos del vacío y el retorno de la fe – Retina. Lo he leído con atención porque toca algo que llevo tiempo viendo en consulta y en la cultura: una saturación del yo que deriva en búsqueda de sentido. Pero, en mi caso, no llego a ese texto desde la observación profesional, ni desde el análisis teórico. Llego desde un lugar mucho más íntimo.
Hace años atravesé un proceso de deconstrucción personal que yo misma busqué en un contexto terapéutico muy exigente. Fue duro, intenso, desestructurador. Físico, emocional y mental. Un antes y un después tan claro que durante mucho tiempo no supe cómo integrarlo en mi vida, ni cómo explicarlo con palabras. La caída del yo, el vacío y la lenta reconstrucción posterior no son conceptos para mí: forman parte de mi historia.
Quizá por eso, al leer el artículo, no pensé en “generaciones” ni en “tendencias”. Lo que vi fue un movimiento que reconozco bien porque lo viví en carne propia: el derrumbe de lo que una cree ser, el agotamiento de lo performativo, la necesidad radical de autenticidad y la búsqueda de algo que dé sentido cuando lo demás se desmorona.
Y es desde ese lugar —no desde la distancia analítica, sino desde la experiencia vivida— desde donde escribo esta reflexión.
Hay movimientos culturales que una los reconoce no por teoría, sino porque tocan un lugar vivido.
El reciente retorno al sentido, a lo simbólico, a lo sagrado —aunque no sea religioso en el sentido tradicional— lo comprendo muy bien. No porque lo haya leído en un ensayo, sino porque hace años pasé por un proceso que me llevó exactamente por esas fases: la caída del yo, el vacío, y la lenta reconstrucción desde un lugar más verdadero.
No hablo de metáforas. Fue un proceso terapéutico duro, devastador en lo físico, en lo emocional y en lo mental. Un antes y un después muy nítido. Perdí peso, perdí referencias, y durante un tiempo también perdí mi capacidad de trabajar como lo había hecho siempre. No sabía aún cómo reconstruir, en términos psicológicos e intelectuales, lo que me había pasado. Había atravesado la noche oscura, pero sin guía para ordenar después el significado de todo aquello.
Solo mucho más tarde entendí que esa experiencia —tan desestructuradora como transformadora— cambió mi manera de ver el mundo. Cuando el yo se cae de verdad, no cuando se cuestiona un poco, sino cuando se desploma, algo en la mirada se vuelve irreversible. Desde entonces, las costuras del ego de los demás me rozan. Las máscaras me resultan evidentes. Y la performatividad, que a tantos les sostiene, a mí me fatiga profundamente.
No porque me crea por encima de nadie, sino porque ya no puedo habitar esos lugares sin sentir su artificio.
Mi ego está ahí, como el de todo el mundo, pero lo vivo como un traje funcional para el día a día. No es mi identidad, es una herramienta. Y puedo quitármelo cuando hace falta. Eso, que puede sonar menor, marca una distancia grande con quienes aún necesitan sus trajes para vivir, para vincular, para ser.
Por eso a veces las relaciones se me hacen complejas. No porque no quiera entrar en juego, sino porque los juegos —los roles, las estrategias, las máscaras— me aburren. No puedo encontrarme con el personaje del otro; necesito encontrarme con la persona. Y eso no siempre es posible. Hay quien todavía necesita sostener su yo a través de ciertos rituales sociales, profesionales o simbólicos. Yo, después de lo que viví, ya no.
Quizá por eso este artículo me resonó tanto. Porque describe, a nivel cultural, un movimiento que yo viví de manera individual hace muchos años: la saturación del yo, el derrumbe, la búsqueda de autenticidad y la necesidad de un sentido que no se sostenga en la superficie. No llego a ese artículo desde la teoría: llego desde la herida y desde la reconstrucción.
Y tal vez esa sea la razón por la que, a día de hoy, busco menos las máscaras y más las vivencias. Menos el papel y más la presencia. Menos el personaje y más el alma. Porque cuando has atravesado el vacío, lo único que reconoces como verdadero es lo que puede sostenerse sin disfraces.
Mertxe Pasamontes

